23 difícilmente aparecen en los libros, a las que no han recibido premios y a las que no se les ha hecho un monumento: a la grandeza silenciosa, gracias a la cual, muchas estamos hoy aquí, llenas de energía para seguir sus pasos. Estoy segura de que si vuelves la mirada a las mujeres de tu familia, encontrarás grandes heroínas; mujeres extraordinarias por lo que han hecho, muchas veces con muy poco: grandes administradoras del hogar, brillantes cocineras, maestras rurales increíbles, curanderas y cuidadoras excepcionales. Hoy quiero hablar de algunas que no son tan populares como deberían de serlo, cada una protagonista en su trinchera, cada una enfrentando su batalla personal. María W. Stewart es una de ellas. Con todo en su contra por pertenecer a la sociedad del siglo XIX: afroamericana, huérfana desde los cinco años, trabajadora doméstica hasta los quince; se atrevió a subir a un estrado público y habló de igualdad racial y de derechos femeninos, aun recibiendo críticas de su propia comunidad. Fue educadora y periodista norteamericana, además de muy valiente, pero incómoda para muchos; y ese atrevimiento empujó a otras, a exigir sus derechos como mujeres y seres humanos. Publicó ensayos y discursos en The Liberator, el periódico abolicionista de William Lloyd Garrison, incluyendo el manifiesto “Religion and the Pure Principles of Morality” (1831). Elena Lagadinova comenzó sus contribuciones al esfuerzo bélico de la resistencia contra el nazismo, a los once años y luchó activamente a los catorce. Tiempo después, cursó un Doctorado en Agrobiología. Las variedades de trigo que desarrolló contribuyeron a la mejora alimentaria de su país. No conforme con eso, impulsó políticas para dar cabida a la participación de las mujeres en el campo laboral, desde su cargo como Secretaria del Frente Patriótico y Presidenta del Comité del Movimiento de Mujeres Búlgaras. Madam C. J. Walker fue una valiente emprendedora al crear su línea de productos para el cabello, especialmente para afroamericanas. No tuvo apoyo económico, enfrentó la discriminación y, a pesar de ello, abrió una oportunidad de independencia financiera a muchas mujeres. Fue reconocida por el Récord Guiness, al convertirse en la primera mujer millonaria por mérito propio. En ese mismo tenor, Mary Kay Ash, desafió la discriminación de género a mediados del siglo XX. Trabajó durante veinticinco años como una de las agentes de ventas directas más destacadas, bajo el yugo del ahora conocido como “techo de cristal”, con salarios bajos y nulo reconocimiento. A los 45 años fundó Beauty by Mary Kay, bajo el lema de “Trata a los demás, como quieres ser tratado”. Al momento de su muerte, en 2001, había amasado una fortuna personal de noventa y ocho millones de dólares y había creado tres millones de fuentes de empleo para consultoras de belleza en casi 40 países. Louise L. Hay, hoy conocida por su legado como escritora, oradora y propietaria de su editorial (Hay House), fue víctima de abuso infantil y maltrato físico, además de haber padecido cáncer de cuello uterino; obstáculos que venció con el coraje que da el querer hacer algo por ella y por otras mujeres en condiciones similares. Vendió más de cincuenta millones de libros e impulsó un movimiento mundial enfocado en el amor propio, la autoestima y la responsabilidad personal en el proceso de sanación. Durante la Segunda Guerra Mundial, un grupo de mujeres matemáticas trabajó en secreto resolviendo cálculos complejísimos para el ejército estadounidense. Se les conoció como las Top Secret Rosies. Se les consideraba como “computadoras humanas”. Su trabajo fue determinante en el desarrollo de la programación moderna. La lista puede volverse interminable. Lo cierto es que millones de mujeres han hecho, a lo largo de los años, de éste, un mundo mejor. Un homenaje genuino es lo menos que merecen. Este 8 de marzo recordemos a las que han abierto brecha y ya no están, a las que siguen construyendo historia y a las que, desde su ejercicio profesional, desde su casa y desde espacios insospechados, siguen aportando elementos para la edificación de una sociedad más justa en la que, efectivamente, podamos llegar a una igualdad de oportunidades, de género y sustantiva.
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