33 fue de pura emoción; jamás pasó por mi mente preguntarme si cantaba bien o si era entonada (hoy, con toda sinceridad, jamás haría una audición de canto). Fui a la prueba y, por supuesto, lo hice fatal. No me seleccionaron. Pero como en mi mente infantil la palabra “rechazo” no existía, toqué la puerta del salón de música todos los días en el recreo para preguntarle a la maestra si ya había un lugar para mí. Insistí tanto que un día me dijo: “Está bien, pasa”. Esa insistencia me abrió la puerta. No porque de pronto afinara de maravilla, sino porque mi determinación fue más grande que la negativa inicial. El peligro de la zona de confort en la vida adulta Con los años y la madurez, nos volvemos hiperconscientes de nuestras fallas. Empezamos a dudar, nos da pena el qué dirán y, muchas veces, nosotras mismas nos cerramos las puertas antes de que alguien más lo haga. Nos instalamos en la zona de confort: un lugar seguro Las voces externas que casi frenan tu propósito donde nada duele, pero donde tampoco nada nuevo florece. Nos convencemos de que “así estamos bien” o de que “ya es muy tarde para empezar”. Hoy quiero invitarte a hacer una pausa y reflexionar con honestidad: • ¿Estás cómoda en tu rutina o estás desarrollando todo el potencial que llevas dentro? • ¿Qué proyectos o sueños dejaste guardados por miedo a equivocarte? • Si una puerta se cerró en el pasado, ¿te aseguraste de buscar otras formas de tocarla? Cuando una puerta se cierra, no significa que el camino terminó; significa que hay que ajustar la estrategia, sacudirse el polvo y volver a intentar con una sonrisa. Cambia el “es muy difícil” por el “voy a descubrir cómo lograrlo”. Cree en tu valor, contagia tu energía y atrévete a dar ese paso que vienes postergando. ¿Qué puerta vas a volver a tocar este mes?
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