Lo Mejor de Retos Femeninos - Agosto 2026

37 comprendamos por qué ocurren ciertas tragedias; lo que sí podemos contemplar es la grandeza, o la pequeñez, del corazón humano frente al dolor y, al ver a quienes arriesgaban su vida para rescatar a desconocidos, a quienes apoyaban a otros mientras lloraban sus propias pérdidas, a los que ayudaban de diferentes maneras sin esperar nada a cambio, entendí que la respuesta que tanto buscaba era poder ver que Dios estaba presente sin reservas, en cada gesto donde el amor le ganaba al miedo. Ante una realidad tan desgarradora, el mensaje de la psicóloga Edith Eger, sobreviviente del Holocausto, adquiere una fuerza conmovedora al afirmar que «lo contrario del sufrimiento no es la felicidad, sino la libertad», una afirmación que no invita a borrar lo vivido, pues existen heridas eternas, sino a descubrir esa libertad que ninguna tragedia consigue apagar: el lugar del corazón desde el cual se responde al sufrimiento; algunos perdieron sus hogares, otros a las personas que más amaban y muchos vieron desaparecer lo construido durante toda una vida y, aun así, nadie puede arrebatarles la capacidad de seguir amando, de honrar la memoria de quienes ya no están, de sostener a otro en su angustia, de confiar en Dios y de descubrir que la solidaridad y la compasión tienen su propio cauce para abrirse camino entre los escombros. Mientras el amor siga encontrando un lugar donde habitar, nunca todo estará perdido. Tragedias como ésta nos recuerdan una verdad que con frecuencia olvidamos: la vida es extremadamente frágil y ninguno de nosotros conoce el tiempo que le ha sido concedido, lejos de invitarnos al miedo, esa certeza puede impulsarnos a vivir en gratitud y mayor plenitud, a amar con más generosidad y a comprender que cada día representa una oportunidad irrepetible, de allí las palabras de Viktor Frankl, sobreviviente de los campos de concentración nazis: «Únicamente ante la muerte, solamente bajo la presión de la finitud temporal de la existencia humana, puede tener sentido actuar. Y no solo actuar, sino también vivir. Y no solo vivir, sino también amar y también cualquier cosa que se nos imponga soportar y sufrir valerosamente». Durante años hice mías las palabras de Haruki Murakami al pensar que las tormentas transformaban a las personas; hoy añadiría un matiz a esa idea: las tormentas no convierten a nadie en alguien distinto; una tragedia tiene la capacidad de despojar al alma de todo aquello que resulta superficial y permite que aflore lo que verdaderamente hay en ella; por eso, mientras unos hacían del dolor ajeno una causa propia, otros eligieron sembrar división, difundir odio, mentiras y resentimiento desde sus pantallas, buscando convertir lo ocurrido en un escenario de conmoción, olvidando que el sufrimiento no tiene banderas. Todo ocurría bajo la misma tormenta; una situación en la que cada corazón respondió de manera distinta, poniendo de manifiesto aquello que cada persona tenía dentro de sí, entonces quedó al descubierto que nadie improvisa el contenido de su corazón el día de la adversidad, el alma buena se forja lentamente en la intimidad de las decisiones cotidianas y lo ocurrido solo terminó revelando lo que habita en cada ser humano desde mucho antes de que el cielo comenzara a oscurecerse. Después de todo esto, las preguntas cambian de lugar para preguntarnos «¿Cómo lograremos sobrevivir a la próxima prueba?» y comenzar a interrogarnos: «¿En quién me estoy convirtiendo mientras la vida transcurre con aparente serenidad? Porque ninguna existencia se define únicamente por aquello que le sucede, sino por la paciente obra interior que, durante años, va dando forma al corazón con el que un día responderá al dolor; tal vez preparar el corazón consista, sencillamente, en vivir de tal manera que la fe, el amor, la empatía y el perdón, ocupen un lugar tan hondo en nosotros que, aun en los días más oscuros, continúen ofreciendo refugio, sentido y luz. Aceptar nuestra vulnerabilidad no nos hace más frágiles; solo quien deja de esconder sus heridas puede comprender el dolor del otro sin juzgarlo, y descubrir que la compasión nace precisamente allí donde reconocemos que todos compartimos la misma condición; la de seres profundamente vulnerables. Realmente es muy triste saber que la vida cabe en segundos y que no pide permiso para recordarnos que nada nos pertenece, una verdad que parece cruel e impacta porque amamos y somos humanos, y aunque quizá nunca podamos elegir las tormentas que llegan a nuestra vida y nunca tendremos la respuesta correcta para abrazar nuevamente a la vida después de una dura prueba, solo sé que cada amanecer nos devuelve el privilegio de decidir con qué corazón seguiremos caminando; mientras exista una mano dispuesta a sostener a otra, una oración capaz de cruzar océanos y un corazón que se niegue a dejar de amar, siempre existirá una oportunidad para reconstruir aquello que ninguna tragedia puede destruir: la esperanza de que la vida, incluso después de romperse, puede volver a florecer.

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