Lo Mejor de Retos Femeninos - Noviembre 2026

45 realizaban ese trabajo, no. No estamos frente a una crisis de las familias. Estamos frente a un cambio demográfico y social de enorme magnitud que exige una nueva forma de organizarnos. Por eso resulta insuficiente seguir viendo el cuidado como un asunto exclusivamente doméstico. Lo que está en juego no es únicamente la distribución de las tareas del hogar. Lo que está en juego es la posibilidad de que millones de personas puedan desarrollar plenamente su talento. Cada vez que una mujer abandona un empleo porque no encontró alternativas para cuidar a un hijo, a una madre con dependencia o a una persona con discapacidad, México pierde mucho más que un ingreso familiar. Pierde experiencia, creatividad, liderazgo, productividad y capital humano. Pierde años de formación profesional y oportunidades de crecimiento económico que difícilmente volverán a recuperarse. La pregunta, entonces, deja de ser cuánto cuesta invertir en cuidados. La verdadera pregunta es cuánto le cuesta al país no hacerlo. Durante mucho tiempo hemos considerado el cuidado como un gasto. Tal vez haya llegado el momento de entenderlo como una inversión estratégica. Invertir en cuidados significa liberar tiempo para estudiar, trabajar, emprender, investigar, participar en la vida pública o simplemente ejercer con mayor plenitud la libertad de elegir un proyecto de vida. No se trata de sustituir el afecto por instituciones ni de trasladar al Estado responsabilidades que pertenecen a las familias. El cuidado seguirá teniendo un profundo contenido humano, afectivo y personal. Ninguna política pública puede reemplazar el amor de una madre, la entrega de un padre o la solidaridad entre generaciones. Pero una sociedad inteligente sí puede construir condiciones para que ese cuidado no recaiga en soledad sobre una sola persona. Ése es el verdadero sentido de la corresponsabilidad. Durante demasiado tiempo hemos planteado un falso dilema: familia o Estado, vida familiar o desarrollo profesional, cuidado o crecimiento económico. La experiencia internacional demuestra que esa oposición es artificial. Las sociedades que mejor han enfrentado este desafío son aquellas que comprendieron que el cuidado es una responsabilidad compartida. Las familias siguen siendo el primer espacio donde aprendemos a cuidar y a ser cuidados. Pero las empresas pueden ofrecer esquemas laborales más compatibles con la vida familiar; las comunidades pueden generar redes de apoyo; las organizaciones civiles pueden multiplicar las alternativas de acompañamiento; y el Estado puede construir políticas públicas que articulen esos esfuerzos y garanticen que nadie quede excluido por falta de cuidados. Ésa es la lógica que inspira los Sistemas Nacionales de Cuidados que diversos países han comenzado a desarrollar. No nacen de la idea de sustituir a las familias, sino de fortalecerlas. No buscan desplazar la responsabilidad individual, sino reconocer que existen necesidades que ninguna persona puede resolver sola. En el fondo, un Sistema Nacional de Cuidados representa algo mucho más profundo que una política social. Representa una nueva comprensión de la libertad. Porque la libertad no consiste únicamente en que las puertas estén abiertas. Consiste también en que las personas tengan posibilidades reales de cruzarlas. Y esas posibilidades comienzan, muchas veces, con algo tan sencillo y tan profundo como saber que alguien cuidará de quien más amamos mientras nosotros desarrollamos nuestra vocación. “La libertad no consiste únicamente en que las puertas estén abiertas; consiste en que las personas tengan posibilidades reales de cruzarlas.” Continuará en Tercera Parte.

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