36 ¿Por qué nos cuesta soltar? «Demolí todos los puentes detrás de mí para no tener otra opción que seguir adelante». — Fridtjof Nansen Las preguntas acerca de la vida son fuente de inspiración que disfruto traducir en letras con propósito, por cierto, hay preguntas que llegan cuando el silencio de una habitación se vuelve demasiado grande para seguir evitándolas. Hace semanas tuve uno de esos días, mientras disfrutaba el café de la tarde y la voz de Natalia Lafourcade giraba en mi tocadiscos para recordarme que “el lugar correcto es el ahora para caminar”, y fue así como una de unas de esas preguntas volvieron a encontrarme: ¿Por qué nos cuesta tanto soltar lo que no nos hace bien? ¿Por qué seguimos mirando hacia puertas que sabemos que debemos cerrar? Hay quienes llegan para acompañarnos, otros para enseñarnos y en ocasiones para confrontarnos con lo que necesitamos mejorar, o para ver lo que nunca más estaremos dispuestos a negociar, como pasa hasta dentro de la familia; hay que aceptar que amar a alguien no nos permite decidir cómo será su manera de amarnos o de relacionarse con nosotros; es su vida y su elección, esto nos lleva a aprender una forma profundamente dolorosa de amor: amar sin perseguir, saber perdonarte a ti y al otro para reconciliarte contigo, conservar los gratos recuerdos y del resto, dejar en manos de Dios lo que no podemos resolver por nosotros mismos. Soltar cuesta porque nos aferramos a la posibilidad, a la promesa, a la esperanza de que la persona cambie, de que ese proyecto funcione, de que una relación vuelva a ser como antes o que alguien reconozca algún día todo lo que hicimos por él. A veces, no sufrimos por lo que estamos perdiendo, sufrimos por la vida que habíamos imaginado alrededor de aquello y renunciar a esa posibilidad puede sentirse como una derrota, por eso, Mayerlin Romero @soy.mayer
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