Lo Mejor de Retos Femeninos - Septiembre 2026

23 en la vida, asegurarán otros. También podríamos pensar que es porque tienen una posición económica desahogada y cuentan con niñeras, personal doméstico o choferes que les facilitan la vida. En algunos casos, quizá sea así. Pero esa no es la única respuesta al problema de la falta de tiempo. Existe una herramienta muy antigua que sigue siendo poderosa: la matriz de prioridades o matriz de Eisenhower, basada en la distinción entre lo urgente y lo importante. La idea se relaciona con una conocida reflexión atribuida al presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower sobre la diferencia entre los asuntos urgentes y los importantes. Décadas después, diversos autores de gestión del tiempo desarrollaron y difundieron esta clasificación en cuatro cuadrantes. Stephen R. Covey la popularizó ampliamente en Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, particularmente a través de su propuesta de “poner primero lo primero”. Y aquí viene lo interesante: ¿qué pasa cuando dejamos de intentar administrar el tiempo y comenzamos a administrar nuestras prioridades? Estas cuatro preguntas pueden ayudarte: 1. ¿Qué debo hacer primero porque no lo atendí oportunamente? Aquí encontramos lo urgente e importante. Son esas situaciones que requieren nuestra atención inmediata: una muela que nos está matando de dolor, un recibo de luz vencido para evitar el corte del suministro, una emergencia familiar o un compromiso cuyo plazo está a punto de terminar. El problema es que, cuando vivimos permanentemente en este cuadrante, nuestra vida se convierte en una sucesión de crisis. 2. ¿Qué debería agendar porque es importante, aunque no sea urgente? Este es, probablemente, el cuadrante que más solemos descuidar: lo importante y no urgente. Aquí está la planificación y, también, buena parte de nuestro bienestar: la limpieza dental, el chequeo médico, hacer ejercicio, estudiar, tomar vacaciones, aprender algo nuevo, convivir con las personas que queremos o simplemente tener un espacio para nosotros. Y hay una clave fundamental: no basta con decir “algún día lo haré”. Si realmente es importante, hay que llevarlo a la agenda, física o digital, con día y hora. Porque aquello que no tiene un espacio reservado en nuestra agenda corre el riesgo de quedarse para “cuando tengamos tiempo”. Y ese momento quizá nunca llegue. 3. ¿Qué es necesario hacer, pero podría encargárselo a alguien más? Aquí encontramos lo urgente, pero no importante. Por ejemplo, revisar en ese momento todas las notificaciones del celular, responder inmediatamente cada mensaje o interrumpir lo que estamos haciendo para resolver asuntos que alguien más podría atender. También puede ser ayudar a una vecina a colgar un cuadro, hacer una compra de último momento que pudo haberse previsto o asumir tareas que, aunque parecen pequeñas, terminan ocupando una parte importante de nuestro día. La pregunta es: ¿hay algo de todo esto que puedas delegar? Anímate a confiar en los demás y a soltar la necesidad de tener el control absoluto sobre todo lo que sucede a tu alrededor. Delegar también es una forma de cuidar tu tiempo. 4. ¿Qué puedo eliminar definitivamente de mi agenda? Aquí están las actividades que no son urgentes ni importantes. Son auténticos “quitatiempos”: revisar constantemente las redes sociales, navegar sin propósito por internet, responder mensajes que pueden esperar o mantener conversaciones que podríamos disfrutar mucho más si les asignáramos un espacio específico. Por supuesto, esto no significa eliminar de nuestra vida la amistad, el descanso o el entretenimiento. Significa preguntarnos si la manera en que los estamos realizando realmente nos aporta. Tal vez sea mejor dedicar tres horas al mes a tomar un café tranquilamente con esa amiga que queremos, en lugar de invertir una hora diaria en conversaciones fragmentadas por WhatsApp. La diferencia no está solamente en lo que hacemos, sino en la intención con la que decidimos hacerlo. Al final, quizá el problema no sea que no tenemos tiempo. Tal vez el verdadero problema es que no siempre hemos decidido qué merece nuestro tiempo. Tenemos 24 horas cada día. No podemos alargarlas, pero sí podemos decidir en qué las invertimos. Así que la próxima vez que te descubras diciendo: “No tengo tiempo”, hazte una pregunta diferente: ¿Realmente no tengo tiempo… o todavía no he convertido esto en una prioridad? Y tú, ¿qué deberías hacer hoy para dejar de decir que no entras en acción porque no tienes tiempo?

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